Avanzaba en la búsqueda de sensaciones quien en acto decidido, se había
propuesto el huir del tedio. Aquí, allá, dondequiera que estuviese tarde que
temprano la desazón le alcanzaba, haciendo parecer imposible tal logro.
Practicaba deporte, leía, veía la tele, miraba, respiraba, pero todo producía
en él al final la misma sensación de aburrimiento.
Un día probó las drogas, ellas entregaron a su alma cándida nuevas
sensaciones, nuevos colores, vívidas y atípicas fantasías que muy pronto se tornaron
lúgubres y predecibles. Probó con el amor, llegando a anhelar apasionadamente la
caricia de una chica de su escuela que, para su mala fortuna correspondió el
sentimiento, motivando la rápida llegada de una nueva monotonía y haciendo de tal
relación algo tan aburrido para él, como
las demás cosas del mundo.
Cavilaba entonces sin encontrar respuesta a su perpetua cuestión, y la vida
con el paso de los días era abrazada por el tedio que la asfixiaba con fuerza
al punto de robarle el sentido. No había ya razón de vida, empero, el suicidio,
la muerte voluntaria, le atormentaba, pues, no sabía que habría más allá de su
vida, y el conocer aquello no le urgía, por lo menos, producto del enorme temor
que la sola idea de muerte le generaba.
Y continuaba desganado, procurando huir de quién siempre lograba
alcanzarle, perdiendo el ánimo cada vez más y más.
Llegó el día en que perdió por completo su ímpetu y con él el deseo de huir
del tedio, tanto que, le fue sencillo olvidar todo. Recordar cosas, pensar,
usar el cerebro, requerían de energía y él ya no la tenía, pues, se movía por
pura inercia.
Entonces, olvidó, ya no pensó, ni caviló, ni huyó, y nada le importó,
empezando a hallar placer en su letargo, en su ignorancia de las
circunstancias. Y empezó a sonreír sin saber por qué. Se enamoró de una chica que pasaba todas las tardes
frente a su casa, guardándolo para él, sin preguntarse lo que sería de tenerla,
sin poseer una intención de conocerla, y fue feliz viéndola, y en eso se pasó
su vida, dibujándola, mirándola sin desearle, gozando la sana e inocua
contemplación de su musa, huyó pues, por fin del tedio, porque de ello nunca,
nunca se aburrió.
0 comentarios